LEDHERMAN

SOCIOLOGIA

  • Si a partir del siglo XI se examina lo que pasa en Francia de cincuenta en cincuenta años, al cabo de cada uno de esos períodos no se dejará de percibir que una doble revolución se ha operado en el estado de la sociedad. El noble ha descendido en la escala social, el plebeyo se ha elevado en ella: uno baja, el otro sube. Cada medio siglo se aproximan, y pronto se tocarán.


COMENTARIO LEDHERMAN:
Cierto y es posible que ya se hayan tocado, inclusive es posible que la ascendente haya sobrepasado a la descendente, sería una utopía creer que ambas se estabilizarán sin sobreponerse una a la otra. ¿Cuál es el cambio?, ninguno en cuanto a privilegios, poder, el derecho al uso de la fuerza, etc.; sólo cambian los actores: los “plebeyos” de antes son ahora los “nobles” y viceversa, ambos con diferentes “denominaciones” pero siempre los mismos personajes. ¿Cuáles son las consecuencias?: un contínuo comenzar, pasando por la inevitable lucha por conquistar poder y posiciones, por una parte, y por la otra defender lo que se tiene y pretenden arrebatarle unos “advenedizos”.
Es justo que los “plebeyos” asciendan en la escala social, es justo que mejoren sus condiciones de vida, es justo que tengan cada vez más un mayor acceso a la educación, que puedan ocupar cargos de poder, disfrutar de los bienes de la nación, pero ello no debe ser en detrimento de los demás
¿Por qué es necesario empobrecer a un grupo para beneficiar a otro? ¿No es mejor que ambos puedan disfrutar equilibradamente de todos los beneficios que están reservados para el uso y disfrute del hombre? ¿Una utopía?, no, esto es posible si ambos “contendientes” tuvieran las mismas oportunidades para capacitarse, para prepararse, para ejercer la profesión u oficio para el cual se han preparado, la misma oportunidad ante la justicia, en resumen, si no existiera la lucha por conservar derechos para los cuales no se tiene “derecho” porque éste se ha perdido como consecuencia de la molicie, la corrupción, la apatía y los vicios derivados del ejercicio impune de esos supuestos “derechos”.

  • El desarrollo gradual de la igualdad de las condiciones, es pues, un hecho providencial, tiene sus principales caracteres: es universal, duradero, escapa siempre al poder humano: todos los acontecimientos, igual que todos los hombres, sirven a su desarrollo.


COMENTARIO LEDHERMAN:
No, el desarrollo de la igualdad no es un hecho “providencial” (concepto religioso por medio del cual todo sucede por disposición de la Providencia y por lo tanto el hombre debe someterse a ella sin derecho a disentir), el hombre sí interfiere en el desarrollo de la igualdad cuando ejerce su poder y mueve sus influencias para evitar el logro de conquistas sociales, económicas o derechos que puedan perjudicar sus intereses particulares o que puedan mermar su poder, si esto no es así, ¿porqué han existido las guerras y las revoluciones?

  • El desarrollo de la igualdad si es universal, se da en todas las naciones. Es duradero en cuanto el mismo no se detiene.
    Instruir la democracia, reanimar si es posible sus creencias, purificar sus costumbres, regular sus movimientos, sustituir poco a poco la ciencia de los negocios a su inexperiencia, el conocimiento de sus verdaderos intereses a sus ciegos instintos; adaptar su gobierno a los tiempos y a los lugares; modificarlo según las circunstancias y los hombres; tal es el primer deber impuesto, en nuestros días, a los que dirigen la sociedad.
    Hace falta una ciencia política nueva en un mundo completamente nuevo.
    Pero esto es en lo que apenas pensamos: situados en medio de un río rápido, fijamos obstinadamente los ojos en algunos restos que todavía se perciben en la orilla, mientras la corriente nos arrastra y nos lanza a empellones hacia los abismos.
    No hay pueblos en Europa en los que la gran revolución social que acabo de describir haya hecho más rápidos progresos que entre nosotros; pero siempre ha caminado al azar.
    Nunca los jefes del Estado han pensado en preparar nada de antemano para ella; se ha hecho a pesar de ellos, o con su consentimiento. Las clases más poderosas, las más inteligentes y las más morales de la nación, no han intentado en absoluto de apoderarse de ella con el fin de dirigirla. La democracia, pues, ha sido abandonada a sus instintos salvajes; ha crecido como esos niños privados de los cuidados paternales, que se educan por sí mismos en las calles de nuestras ciudades y que no conocen de la sociedad más que sus vicios y sus miserias. Todavía se fingía ignorar su existencia cuando se apoderó, de improviso, del poder. Cada cual entonces se sometió con servilismo a sus menores deseos; se la adoró como a la imagen de la fuerza; cuando, luego, se debilitó por sus propios excesos, los legisladores concibieron el imprudente proyecto de destruirla en lugar de intentar instruirla y corregirla, y, sin querer enseñarla a gobernar, no pensaron más que en arrojarla del gobierno.
    De ello ha resultado que la revolución democrática se ha operado en lo material de la sociedad, sin que se efectuase en las leyes, las ideas, los hábitos y las costumbres el cambio que hubiese sido necesario para hacer útil esa revolución. Con lo que tenemos la democracia, menos aquello que debe atenuar sus vicios y hacer resaltar sus ventajas naturales; y viendo ya los males que lleva consigo, ignoramos todavía los bienes que puede ofrecer.


COMENTARIO LEDHERMAN:
Para desarrollar las ideas expuesta en lo anterior, es necesario determinar cuales son sus creencias, sus costumbres, sus movimientos, sus verdaderos intereses a sus ciegos instintos; cómo adaptar su gobierno a los tiempos y a los lugares para modificarlo según las circunstancias y los hombres.
¿En qué cree la democracia? ¿Es verdad esa creencia? ¿Por qué?; ¿Cuáles son sus costumbres? ¿Por qué son costumbres de la democracia? ¿Desde cuando?; ¿Cuántos y cuales son sus movimientos? ¿Por qué son movimientos? ¿Qué fines persiguen?; ¿Cuáles son sus verdaderos intereses? ¿Por qué y para qué? ¿Cuáles sus ciegos instintos? ¿Por qué?; ¿Cuál es su tipo de gobierno? ¿Es real ese tipo de gobierno, no corresponde a una utopía? ¿Por qué? ¿Podemos adaptar o modificar ese tipo de gobierno? ¿Al modificarlo (no es igual “adaptarlo”) no estamos cambiando la esencia de la democracia? ¿Esa modificación “según las circunstancias y los hombres”, no acarrearía la destrucción de la democracia por agotamiento de su propia naturaleza y propósito?; ¿Cuáles son sus vicios, sus miserias, sus excesos, sus ventajas naturales?; ¿Cuáles son los males que lleva consigo?; ¿Cuáles son los bienes que puede ofrecer?
Es cierto que la democracia es una “dictadura blanda” ya que: “eso debe hacerse así porque eso es democracia y si no se hace o se trata de cambiar, entonces se atenta contra la democracia para imponer una tiranía”.
Existe la creencia según la cual la democracia es inmutable, no perfectible, y que el ejercicio de ella otorga el “derecho” para hacer lo que nos plazca en nombre de la “libertad”, desconociendo que la libertad absoluta no existe, ni puede existir, porque de ser así se destruiría a si misma, desaparecería el respeto por el otro, el respeto a la propiedad, a la vida, resumiendo, desaparecerían los derechos del ser humano en nombre de la libertad para ejercer el libre albedrío. La democracia tiene que ser perfectible, ella debe ser concebida como un ser vivo que se desarrolla, que adquiere experiencia, que se fortalece, que evoluciona y se adapta a las “circunstancias” que solo van en beneficio del “bien común” y que su adaptación no la hace “según los hombres” porque ello la convertiría en un instrumento para beneficios particulares y exclusivos de grupos inescrupulosos; no se puede olvidar que el hombre es falible.

  • No es el uso del poder o el hábito de la obediencia lo que deprava a los hombres, sino el uso de una autoridad que consideran ilegítima y la obediencia a un poder que contemplan como usurpado y como opresor.


COMENTARIO LEDHERMAN:
Cierto, pero la redacción de este párrafo incluye condicionantes de libre ejercicio por quienes juzgan: consideran y contemplan.
Según esas condicionantes cualquiera puede considerar que una autoridad es ilegítima, aunque esa autoridad se derive de la voluntad de una mayoría; de igual forma, un poder puede ser contemplado como usurpado y como opresor aunque el mismo se derive de la voluntad popular.